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jueves, 24 de abril de 2008

SOCIEDAD LIMITADA

El mundo de la política se parece cada día más al de las finanzas. Será por aquello que predijo Marx hace casi medio siglo, que sin economía no había ideas que llevar a la práctica, por mucha buena fe que se tuviera. Berlusconi hablaba el otro día de consejo de administración para referirse a su futuro consejo de ministros, y es que para qué tanto disimular: el gobierno de una nación en el mundo neocapitalista funciona para algunos como una empresa más privada que pública lamentablemente. Se confunden los intereses, los papeles y hasta el motivo fundacional.

Es ya costumbre general en el mundo, llamémosle civilizado, anunciar los programas de los gobiernos, los proyectos y los resultados a través de los medios de comunicación, como si se tratara de vender lavadoras, televisores o viajes al Caribe. Es más, no contentos con la rentabilidad que le proporciona este sistema de publicidad, algunos compran directamente o fundan sus propios periódicos, cadenas de radio o televisión: una práctica que creíamos en desuso, propia de las dictaduras o de las incipientes y defectuosas democracias, como ocurrió aquí durante el franquismo y la transición con Radiotelevisión Española y los periódicos del Movimiento. Pero mientras la independencia y la objetividad se imponen en determinados medios públicos, en otros ocurre justamente lo contrario. Es fácil encontrar en muchos municipios españoles cadenas de radio y televisión controladas exclusivamente por el ayuntamiento de turno, que dedican la mayor parte del tiempo de su programación a resaltar las hazañas y a alabar las gestiones de sus alcaldes, en un descarado ejercicio de narcisismo pagado, eso sí, con el dinero de todos sus contribuyentes. Naturalmente que tengo en la cabeza a Onda Cádiz y al grotesco espectáculo que nos depara cada día a los espectadores. Me parecería muy bien que ese canal informara a sus vecinos de las actividades que ocurren en la ciudad, incluso de los logros alcanzados y las ideas futuras, pero es que todo, absolutamente todo, se ve en amarillo, y no por los colores del equipo local, sino por el rubio teñido de nuestra regidora, que no hay noticia donde no salga el pelucón. La verdad es que todo esto huele más a podrido que a rancio, que ya es decir. Ese envoltorio y tratamiento de la noticia, además de ser una antigualla con la que cualquier alumno de periodismo suspendería en una escuela actual, es, como mínimo, autopublicidad manipuladora. Cuesta, por ejemplo, ver un reportaje sobre tal o cual pintor gaditano, sin que inmediatamente aparezca la alcaldesa inaugurando su exposición.

Y si de cartelones y de vallas se trata, Cádiz se lleva la palma. Da un poco de rubor, como ciudadano, pasear a algún amigo forastero por la ciudad y encontrarse un anuncio cada poco como si estuviésemos en una feria de muestras. Que si impulsor del puente, que si el futuro parque del cementerio, que si el bicentenario de 1812, que si la cumbre iberoamericana. Todo “con el ayuntamiento de Cádiz”, eslogan exclusivista y pretendidamente inexacto. No sé si, en el balance final de esta sociedad, las ganancias superarán a las pérdidas, pero esto no se hace ni con la conciencia, la dignidad, ni con el dinero de los ciudadanos.

miércoles, 9 de abril de 2008

ORATORIA

Con motivo de la sesión de investidura del candidato a Presidente de Gobierno, la diputada de Coalición Canaria recordaba con nostalgia los históricos discursos de antaño que quedaron como ejemplos de la oratoria española, un género literario ya extinguido por el imperio de la prisa, la información, la falta de lectura, el poco rigor en el discurso y, en definitiva, el escaso conocimiento de la lengua. Tanto los diputados de las Cortes de Cádiz, como los de la Gloriosa, la Segunda República o los periodos parlamentarios que permitieron la dinastía monárquica se significaron por su acertado manejo del discurso y los resortes del lenguaje que, unas veces para bien y otra para mal, embelesaban los oídos de sus representados como si estuviesen escuchando una radionovela. Castelar, Ayala, Pi y Margall, Cánovas del Castillo Indalecio Prieto, Manuel Azaña, Pablo Iglesias y tantos otros han hecho del diario de sesiones de sus respectivas cortes una verdadera antología del buen decir y pronunciar, tirando de todo tipo de metáforas y haciendo gala de una exposición bien planteada que, seguramente, tenía como esperanza ocupar un buen lugar literario en nuestra historia política.

Aquellos oradores no leían y apenas llevaban un papelito con dos o tres notas escritas. Los discursos se ensayaban frente al espejo y se dejaba ejercitar la memoria, como un pozo sin fondo, de donde se podían extraer las mejores respuestas para el momento preciso. Casi todo había que llevarlo muy trillado, repartido equitativamente por el sistema neuronal, sin base de datos, asesores urgentes, mensajes instantáneos ni internet que valieran. Se hablaba de puertas para adentro, al tic-tac de los taquígrafos y ante los sudores de los reporteros de las prensa escrita, que se esforzaban por captar a lápiz el esplendor de los debates con máxima fidelidad. Hoy se habla para afuera, cosa que estaría muy bien si cada orador fuera consciente de que los asuntos parlamentarios hay que decidirlos con la mecánica del parlamento, por medio de la conversación, el diálogo y el acuerdo, haciendo poco caso a la superficie, es decir, yendo al fondo de los problemas y conflictos, por muy áridos que estos les resulten al ciudadano medio.

Un rostro con una cámara de televisión delante deja de comportarse de manera natural, y automáticamente comienza a fabricar la imagen de sí mismo que quiere ofrecer a los demás. La forma de su exposición sufre sensiblemente un cambio de nivel al hablar más para los teleespectadores que para sus colegas. En un momento todo se convierte en un programa de televisión, donde el arma más peligrosa y detestable es la demagogia, ese recurso que cuenta al pueblo lo que quiere oír o lo que conviene que escuche. El primero que sufre es el lenguaje, tanto en forma como en fondo. La pasada legislatura fue una muestra del peor uso de nuestro idioma y, por ende, de nuestra educación. Lugares comunes, tópicos, refranero equivocado, desmembrada sintaxis, insultos, retórica barata, y torpe vocabulario estuvieron presentes en nuestro parlamento, cuya acepción principal, no lo olvidemos, es la acción de parlamentar, es decir, de hablar correctamente. Que la mano tendida hacia el diálogo, por parte del candidato a presidente en este nuevo período sirva al menos para eso.

JACINTO MATUTE

Quizás sea una exagerada pretensión provinciana hablar de una escuela pianística gaditana, entre otras cosas porque en la actualidad nuestra provincia carece de la suficiente tradición musical capaz de imprimir sello y estilo a sus aficionados e intérpretes. Pero lo cierto es que a lo largo del pasado siglo se sucedieron o dieron cita en la ciudad de Cádiz una serie de pianistas de primera fila que, a su vez, fueron creando un magnífico alumnado. A la sombra universal de Manuel de Falla, fueron formándose los nombres de José Cubiles, Camilo Gálvez, Carmen del Castillo, Antonio Escobar, José Ríos o Jacinto Matute, que compartían todos ellos, más que una común manera de tocar, una sutil mirada de acercarse a la música. Del mismo modo que a los intérpretes catalanes o levantinos se les identifica por una cierta mediterraneidad, podríamos hablar de una especie de atlantismo a la hora de escuchar a nuestros pianistas. Más que recrear un ambiente sonoro propio o transmitir el aire de una tierra, estos artistas gozan de una luz determinada, que hace que la música que sale de sus manos sea firme y poderosa, pero a su vez suave y marinera. Escuchemos si no las grabaciones de Albéniz de Cubiles o el Falla de Jacinto Matute, decididas y férreas, pero tocadas por el brillo de esa luminosidad.

Con la reciente muerte de Jacinto Matute puede desaparecer en nuestro país un modo de entender la música para piano. Él tuvo muy pocos alumnos, quizás por su tímido carácter y por sus otras ocupaciones. Tocaba el piano, más que como un oficio, como una vocación irremediable, que alternaba con su profesión de registrador de la propiedad. En sus tiempos -ya se sabía- la música no daba para comer y había que cubrirse las espaldas con un trabajo seguro. Su padre, Don Enrique Matute y Mira, era director del Conservatorio de Cádiz, de la Banda de Música y tenía que dar un montón de clases más para poder salir adelante. José Ríos, su compañero y condiscípulo, brillantísimo y agudo pianista, era catedrático en el conservatorio, pero su sueldo lo tenías que sacar como Perito Industrial en los Astilleros. Jacinto tuvo más suerte y pronto consiguió premios meritorios e importantes reconocimientos. De impagable contribución a la música fue su especialización en la técnica a dos pianos, que él desarrolló magistralmente durante muchos años con la sevillana Ángeles Rentaría. Esta modalidad requiere una casi genética compenetración con el otro. Por eso se suelen acoger a ella gemelos o parientes muy próximos, como las también gaditanas hermanas Palavacini o las francesas Labèque. En este campo, Matute logró todo el calor que quizás le faltaba en otras interpretaciones a solo, quizás por su sentido natural de ida y vuelta, como lo demostró en el “Concierto para dos pianos “de Poulenc o en la fabulosa versión de la “Sonata para dos pianos y percusión” de Bartok. Yo tuve la suerte de recibir algunas clases de él cuando amablemente sustituía a su amigo Pepe Ríos, y si no supe heredar su arte, sí que guardé en la memoria una de sus frases: “Cuando la música se lleva dentro, da igual las circunstancias, siempre acaba por sonar en algún momento de tu vida.”

miércoles, 26 de marzo de 2008

HORROR VACUI

Existe en las sociedades modernas un miedo inconmensurable al vacío en todos los aspectos, el horror vacui que decían los aristotélicos: “La naturaleza aborrece el vacío”. Sin embargo, no hay que sacar la frase de su estricto contexto porque, efectivamente, las cosas naturales del mundo ocupan su propio espacio, producen sus propios sonidos y generan su entorno ambiental, no dejando lugar para esa abstracción llamada “nada”, que no sólo ha dejado correr regueros de tinta desde que el hombre piensa, sino también de sangre, olor a carne chamuscada y santas guerras. El otro día meditaba sobre la nada en el romano Campo di Fiori –que es una especie de gaditana Plaza de las Flores multiplicada y renacentista- frente a la estatua de Giordano Bruno, que lo quemó la Inquisición en ese mismo lugar por sus ideas heliocéntricas, bajo presencia de toda la curia cardenalicia del momento. Muchos cayeron en ese mismo sitio por defender la nada frente a la totalidad. Qué cosa más absurda. La nada, como el todo, debería ser como un perfume: que cada uno lo use cómo y cuándo le de la gana. Pero continúa siendo imposible disfrutar del vacío, al menos de esa distancia que dejaban entre sí los edificios, las fuentes y los habitantes de la ciudad. Ahora todo está relleno de una superabundante población que imposibilita tanto el silencio como la simetría. Forasteros que se pisan unos a otros, paraguas que se alzan, no para protegerse de la lluvia, sino para guiar a las manadas de turistas, flashes, vídeos, extraños griteríos rompen la armonía de cualquier zona que ha sido caracterizada en la historia por su propia música y disposición. Pensaba en la nada en aquella plaza y también en el silencio. Trataba de oír el sonido de la fuente por encima del griterío, y tuve que hacer un verdadero esfuerzo interior para aislarme de todo lo que creía que era superfluo y concentrarme en el chorro del agua, en su pureza cristalina y en su eterno discurrir cíclico que, paradójicamente, era la antítesis del vacío.

Hay un pavor en las ciudades de hoy al silencio, quizás porque sus regidores teman que los vecinos mediten demasiado, y en el monólogo interior lleguen a la convicción de que hay que cambiar de gobernantes o, al menos, de maneras de gobernar. En el metro de Madrid han instalado unas grandes pantallas en los andenes, desde donde “informan” constantemente al ciudadano de lo que ocurre en el mundo, con voces mecha más los correspondientes anuncios. De modo que no hay forma de sustraerse a la propaganda, lo cual me parece una grave invasión de la intimidad. El otro día, en la playa de Cádiz –y ya van varias veces que me ocurre- paseaba por la orilla del mar como muchos convecinos y visitantes, y cuál no sería mi sorpresa que di un respingo y me rasqué los oídos para comprobar si lo que estaba escuchando era verdad. Nuestros responsables municipales nos amenizaron la mañana con un monográfico de Julio Iglesias a través de los altavoces. Por lo visto no basta con el sonido continuo de las olas, ni con el zumbar del viento, ni con los pregones de los vendedores ambulantes, sino que hay que escuchar música, su escogida música.. Si al menos nos pusieran a Mozart., aunque tampoco pega. Me temo que en breve nos tumbaremos al sol oyendo, por narices, la canción del verano. O lo que es peor, las proclamas de nuestra alcaldesa. Horror vacui.

miércoles, 12 de marzo de 2008

LA CARMEN DE CÁDIZ

Mientras la diosa Sara Varas protagoniza en el Teatro Falla una sugerente y atractiva versión de Cármen, se me ocurre pensar, no sólo qué habría sido de la mítica gitana de haber vivido en Cádiz en vez de en Sevilla, sino que me permito imaginarla como candidata contrincante de Teófila Martínez en las próximas elecciones municipales. ué pesadez, pensarán ustedes, aún no hemos digerido el zapaterazo y ya estamos otra vez con la misma canción. Pero es que Cádiz ha sido de las pocas ciudades españolas donde el electorado ha votado una cosa en las generales y autonómicas, y otra muy distinta en las locales, no porque el PP se haya visto demasiado alterado en el número de votos, sino porque la abstención de casi el cincuenta por ciento desfavoreció hace un año al PSOE en su lucha por la alcaldía. ¿Qué pasa en esta ciudad? ¿Tienen los gaditanos un exceso de teofilina en sangre que les entrecorta la respiración cada vez que se les habla de una alternativa más acorde con los tiempos? Por eso pienso que Carmen sería una mujer con agallas para enfrentarse, por ejemplo, a todas las ñoñerías y antiguallas que aún conviven en la ciudad, renovando el espíritu liberal que caracterizó al Cádiz de 1812, que no tiene nada que ver –dicho sea de paso- con los presupuestos ideológicos que manejan quienes hoy presumen de ese noble adjetivo.

La Carmen de Sara Varas se desarrolla en Cádiz en vez de en Sevilla. Mira el mar y la bahía en vez de los campos y la sierra, y cree en el amor como luz liberadora, más que como pasión caprichosa. La Carmen de Merimée era otra cosa: dicharachera y, a veces, malaje. Antipática, diría yo. Tuvo que venir Bizet a suavizarla y a otorgarle el verdadero carácter con su música, para hacérnosla más sensual y cercana, a pesar del disparatado libreto de Meilac y Halévy, en el que tuve la suerte de trabajar junto a Fernando Quiñones en una versión al español. Quiñones entendía Carmen como una zarzuela en francés, que no lo es. Es una ópera francesa, de las mejores, desarrollada en un paisaje andaluz que los autores no olían ni por asomo. Don José, por ejemplo, contempla nostálgico las luces de su aldea navarra desde las montañas de Granada. En la novela es peor. Cuando el militar conduce a la gitana hacia la cárcel por una estrecha calle de Sevilla, ésta se camela a Don José, nada menos que hablando euskera, pues daba la casualidad de que la muchacha habían residido de chica en el mismo pueblo. Creo que de este dato no se entero Ibarretxe, sino la hubiese convertido en el símbolo del independentismo, como la Marianne francesa. A los soldados españoles de la época le llamaban canarios por el uniforme amarillo, y en una escena en que Carmen intenta persuadir a Don José de que abandone el ejercito por ella, ante el miedo y la resistencia de aquél, exclama airada: “Voyez-vous, canari, au quartier”, recitativo que Quiñones intentó traducir tal como lo diría una Carmen de la Viña: “Vete ya, maricón, pa el cuartel”. Nos reímos, pero al final lo cambiamos, quizás por prejuicios y reparos, de esos que la Carmen gaditana nos emanciparía si alguna vez llegara a tomar las riendas de nuestro ayuntamiento.

PARTIDA DE PÓQUER

Desde que los especialistas americanos en telegenia señalaran que Nixon había perdido el debate frente a Kennedy por no haberse afeitado lo suficientemente a tiempo, la sustancia ideológica de los programas políticos ha ido perdiendo fuelle conforme avanzan las técnicas de la imagen y la publicidad. Cada vez parece importar menos el balance de una gestión o el proyecto de un determinado partido, y todo es similar a una partida de póquer, donde los faroles y la astucia de los contrincantes cuentan más que sus respectivos bagajes históricos y trayectorias personales. El debate celebrado entre nuestros dos principales candidatos fue minuciosamente montado por todos los implicados, pero especialmente por un sector profesional de nuestra sociedad, empeñado en conducir al ciudadano por la senda de lo puramente ornamental y anecdótico, con la clara intención de desideologizar su opción política y remplazar su postura ética por una cuestión azarosamente estética, que tenga más que ver con los colores de las corbatas de los protagonistas que con aquellos que simbolizan sus banderas.

Es curioso que en países como Estados Unidos, con uno de los mayores niveles de abstención electoral del planeta, las familias se reúnan frente al televisor para celebrar los debates electorales como si fuera el Día de Acción de Gracias, saldando así sus deudas ciudadanas con la democracia. El debate cumple entonces la función de un paraguas engañosamente global y participativo, al que nadie debe eludir por miedo a quedarse fuera de un evento festivo que será motivo de comentarios y conversaciones en días sucesivos y de los que no conviene quedarse fuera. No se ha comprobado que por medio de los debates televisivos la participación aumente en las elecciones americanas, ni siquiera que sirva de información o aclaración de ideas a los posibles electores. En España estamos aún lejos de estos síntomas, pero preocupa el hecho de que todos los preparativos, formatos y jaleos mediáticos se parezcan cada vez más a lo que allí ocurre. Es como si se organizara otra campaña dentro de la campaña, destinada a alterar la vida del vecino por una hora, de la que tiene que sacar las últimas conclusiones a cara o cruz; una campaña dirigida por otros mandamases que no responden del todo los diseños de los partidos en liza, sino a unos intereses superiores que tratan de reducir la política abierta para todos a una sesión televisiva ajena a nuestras decisiones, abandonada a la suerte de dos jugadores de póquer. En el debate del lunes, no obstante, quedó claro que aún existen actitudes que nos conducen al progreso, a preservar la educación o la sanidad públicas, a ser más cuidadosos con los más débiles, más tolerantes con los diferentes, más esmerados con el planeta, más solidarios con el emigrante y más respetuosos con la memoria colectiva, frente al engaño, la privatización absoluta, la máscara del falso patriotismo para administrar sus intereses, el carcundeo, los privilegios egoístas y la lucha contra el recuerdo hasta borrar de un plumazo la historia que más les incomoda. Aún se puede apostar por la partida
Publicado el 29 de Febrero de 2008

lunes, 18 de febrero de 2008

AURORA DE ALBORNOZ Y EL ÚLTIMO JUAN RAMÓN JIMÉNEZ


La idea de reunir en un volumen todos los textos críticos que Aurora de Albornoz escribió sobre Juan Ramón Jiménez creo que se nos ha pasado por la cabeza a todos los que fuimos sus discípulos y amigos, pues la figura y obra del poeta de Moguer fueron tan decisivas en su vida y formación que no hubo un encuentro, charla o incluso conversación telefónica que mantuviéramos con ella en la que, de forma natural, no surgiera un verso, una anécdota, un juicio acertado o una oportuna apreciación suya sobre la obra del poeta que nos ayudara a comprender la vida. Por sabiduría, buen hacer, sentido crítico, jerarquía académica, iniciativa y, sobre todo, por amistad, le ha correspondido tal empresa a Fanny Rubio, y es muy de agradecer, no porque nos haya ahorrado el trabajo a los demás –que no es poco-, sino porque lo ha llevado a cabo con rigor, respeto, fidelidad a los criterios de nuestra autora, y con el hilo fino que se necesita para tejer toda esta serie de minuciosos escritos que, aunque han funcionado autónomamente cada uno en su momento, forman un vasto y rico mosaico, importantísimo en su totalidad, para adentrarse y entender la obra de nuestro Premio Nobel. El estudio preliminar del libro, que Fanny titula “El juanramonismo de Aurora de Albornoz”, resume nítidamente la percepción crítica, la intuición y el análisis con los que nuestra amiga y, me atrevo a decir –al menos en mi caso, nuestra maestra. se acercó a la obra de su adorado poeta. Aurora de Albornoz –escribe Fanny- resume la poética juanramoniana en la mezcla de instinto e inteligencia, afirmación que podríamos trasladar a la mirada crítica de Aurora. Instinto e inteligencia a partes iguales, no entendiéndose la una sin la otra, porque como sugiere el propio JRJ, la poesía es siempre instinto interpretado por la inteligencia. Nada de esto sería del todo explicable si ignoramos la faceta creadora de Aurora de Albornoz, no sólo en su visión crítica, sino como poeta. Autora de poemarios como Brazo de Niebla, Prosas de Paris, Poemas para alcanzar un segundo, Por la primavera blanca o Palabras reunidas, su acercamiento al texto –como he señalado en otras ocasiones- tiene más que ver con el espíritu intuitivo del poeta que con el empirismo académico, aunque no falten en sus apreciaciones rigurosidad y corporeidad científica. No olvidemos, por otra parte que la profesora de Albornoz había cursado su maestría en Literatura Comparada cuando en nuestro país esa disciplina aún estaba en pañales, y precisamente había recibido clases de JRJ en el año 1953, en la Universidad de Puerto Rico, en cuyas clases se hablaba no sólo de poesía escrita en español, sino de los poetas catalanes, de Verdaguer, de Baudelaire, de Yeats o de Rilke. Su método de análisis es pues resultado de un estudio sistemático de todos los factores literarios paralelos al objeto de estudio en espacio y tiempo. Todo esto lo aplica a Machado, a Unamuno o a Juan Ramón, por citar tres definitivos poetas a los que dedicó gran parte de su trabajo, del que partiría una amplia red que abarca la obra de grandes poetas americanos, como Martí, Darío, Vallejo o Neruda.

En El Juan Ramón de Aurora de Albornoz se sistematiza un pensamiento y se solidifica una interpretación totalizadora sobre una obra total, sobre un poeta total, podríamos decir mejor., entendiendo por este concepto la negación a limitarse a interpretar solamente un aspecto de la realidad. Juan Ramón pretendía, y lo consiguió, aprehender lo inaprensible, el lado oculto de aquello que creemos que es verdad. Para acercarse a un poeta de esta naturaleza, de aspiración a “la estación total”, no bastan ópticas parciales, ni analíticas puramente semánticas, ni planteamientos historicistas, ni fórmulas estructurales, sino una comprensión general de la “obra en marcha”, grandiosa y desbordante, de estilos y cambios plurales, continuamente en proceso de autocorrección. La perspectiva global de nuestra crítica aglutina todas las parcelas y utiliza numerosas herramientas con la sutileza y maestría que se requiere en este caso. En esta relectura me ha sorprendido, en un momento del largo ensayo dedicado a la Nueva Antolojía, y que se publicó como prólogo a la edición de Barcelona, en 1973 (Ed. Península), al referirse al concepto de “poeta total”, nuestra autora señale que “lo total significa, en el lenguaje del poeta, lo que más o menos significa para el común de los hablantes”. Pero unas páginas más adelantes dice textualmente: “En el apartado precedente afirmé que lo total, la poesía total, significaba para Juan Ramón lo general, lo universal. Sin embargo, y a pesar de los hallazgos del momento anterior, quizás faltaba un algo que, a mi ver, el poeta alcanzará en los últimos años: el poeta quería explorarlo todo: el tiempo y la eternidad; la vida y la muerte; el mundo de la conciencia y el subconsciente... Quiso sentir su alma una, y al mismo tiempo, fundirse con la naturaleza. Quiso a través de la creación hacerse dios.” Yo recuerdo la insistencia de Aurora en este término, dios con minúscula, como el poeta utiliza la palabra en el poema Espacio, dios como palabra, como logos, no en el sentido eminentemente religioso del término, sino en el ético y estético a la vez. Cuando el instinto y la inteligencia han logrado hallar la palabra, “el nombre”- nos enseña Aurora- el poeta encuentra finalmente a dios. Juan Ramón intenta no solo conocer a dios, sino participar de la “divinidad”, nos dice. ¿Y no es esto la esencia de los buscadores, de los sufíes, de los budistas, y de tantos hombre y mujeres, poetas o no, perseguidos, juzgados y condenados por la religión de turno? Aurora cita un poema de Dios deseado y deseante, libro que aunque le parece desigual, cree –como ahora creemos todos- que es de las obras más arriesgadas y punteras de JRJ. Poema este muy ilustrativo de la visión última del poeta, de ese diálogo de tú a tú con su propia conciencia, la palabra o la divinidad:

Tu estás y eres
Lo grande y lo pequeño que yo soy,
en una proporción que es esta mía,
infinita hacia un fondo
que es el sagrado pozo de mí mismo.


Aurora de Albornoz fue una intelectual comprometida con su tiempo y su trabajo, como lo fue también Juan Ramón Jiménez, de quien se atrevió a poner en claro públicamente sus ideas políticas, sociales, económicas y estéticas, aguantando más de una impertinencia de aquellos que se oponían ,y se siguen oponiendo aún, a aceptar una postura de izquierda en nuestro exiliado. La recuerdo en un coloquio en la Universidad de Sevilla, donde aportaba unas declaraciones de Juan Ramón a un periódico de La Florida en el que se declaraba socialmente comunista y económicamente federalista. Uno de los participantes en la mesa, concretamente, el escritor Aquilino Duque, saltó inmediatamente de la silla diciendo que eso era una barbaridad o, en todo caso, una de las boutades de nuestro raro poeta. Aurora argumentó que no era precisamente una broma decir eso en los Estados Unidos, en plena caza de brujas. Al día siguiente, este señor firmaba un artículo en El Alcázar, nada menos, poniendo en cuestión la labor crítica de Aurora y censurando la voz de todos los presentes que la defendimos. Viene esta anécdota al caso porque Aurora sabía combinar perfectamente la grandeza espiritual de JRJ, su cosmovisión, su idea de pureza con la materia cotidiana. Jamás intentó arrimar el ascua a su sardina, como suelen hacer otros críticos y profesores para ilustrar su propia teoría, sino que comprendió, en todo momento y lugar, la utilización de palabras y conceptos, la mirada, la focalización y el universo cambiante, mejor dicho, evolutivo del poeta, tanto de su personalidad como de su obra . Sabía que, pese a la valentía del poeta, pese a su exilio dolorido y su tormentosa nostalgia, al término “comunista” le otorgaba Juan Ramón un carácter mucho más universalista, unitario, participativo y totalizador, que el utilizado generalmente en el lenguaje político. JRJ evidentemente no era un marxista, como tampoco lo fue del todo Aurora de Albornoz, a pesar de su militancia, su lucha antifranquista o su “aggiornamento gramsciano”, como a ella le gustaba decir, mientras aspiraba elegantemente el humo de su larga boquilla. Sabía que el mejor Juan Ramón, aquel que estaba todavía por descubrir y leer entre los españoles, y al que la crítica había ignorado, quizás por la excesiva dosis de realismo de la poesía del medio siglo, por el imperativo de la poesía social de aquellos tiempos, era el del proyecto de Cuadernos, el de Lírica de una Atlántida, el de Espacio, el más etéreo, aquél que deseaba componer un poema sin asunto, sin argumentos, dejándose llevar por el ritmo interno de su discurso, como en una sinfonía de Mozart o en una sonata de Prokofiev, según palabras del propio poeta. Sabía también que su pureza, el concepto “poesía pura” era sinónimo, no de eclecticismo ni de vaguedades, sino de desnudez, de esencia y sustancia. Como Octavio Paz, Aurora de Albornoz siempre reivindicó Espacio como el gran poema de la lírica española del siglo XX, comparable, por su extensión, capacidad abarcadora y concepción fluvial, a Asfódelos de Williams Carlos Williams o a Oda Marítima o, quizás Tabacaria, de Álvaro de Campos, o lo que es lo mismo, de Fernando Pessoa. . Supo enseñarnos cómo leer este magnífico poema, cómo interpretarlo poética y musicalmente y, sobre todo, como participar de un Juan Ramón ya instalado en el centro del mundo, su mundo, creador de ese espacio sólo al nombrar, sin tiempo, sin otras coordenadas que su aquí y ahora.
Mucho he hablado con Aurora de este poema y de su estructura musical. Ella amaba la música, aunque no fuera una gran melómana, adoraba el bolero, pero también disfrutaba con Bach, Beethoven o Mahler, y se atrevió a estructurar el texto como si se tratara de un poema sinfónico dividido en tres movimientos, a partir de un tema o célula melódica, que viene a ser toda la espina dorsal de nuestro grandísimo poeta: “Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo”, verso o versículo que más que un inicio indeterminado, es una respuesta anticipada a todo el discurrir del poema. Después, el tema se repite o se sucede con variantes, volviéndose hacia fuera y hacia adentro. Dice ahora el poeta al pájaro: “Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tienes tú”. Frente a la idea circular que proponen otros críticos, Aurora habla de un ciclo en espiral, que no se acaba nunca porque nos conduce a un centro, desde donde uno gira y gira al revés de nuevo, hasta volver a recorrer el mundo, su mundo. Un mundo donde Moguer está en La Florida, donde el mar de Sitjes,, su tercer mar, está en las aguas azules de Coral Gables, donde su infancia está viviéndose allí donde la vejez se vive ahora. Es un tumulto ordenado por la palabra, el ritmo, el origen poético de ese caos primero. Los motivos van surgiendo a lo largo del texto, convirtiéndose enseguida en temas-clave, según musicalmente nos propone esta sutil lectura: se asoman y se ocultan, se reiteran, se desarrollan y se convierten en melodías autónomas. Aurora propone un tema con variaciones. Yo lo juzgaría como un leit-motiv wagneriano, o mejor, como la idée fixe o idea fija que encarna al héroe en la Sinfonía fantástica de Berlioz, que viene a ser la repetición aleatoria del tema melódica en diferentes timbres.
Espacio-nos dice Aurora- es, entre otras tantas cosas, el triunfo del “pensar poético de su creador: este interrumpido monologar de la conciencia es un fluir del instinto interpretado –comprendido- por la inteligencia. Mucho habría que hablar sobre la idea de la conciencia como pensamiento autónomo, suspendido, como la palabra poética. Y ese lugar que no puede independizarse del cuerpo, que si es más allá de la muerte, a Juan Ramón le ocurre como a Unamuno, que no la va a sentir en él. “porque el hombre que se sabe de la misma sustancia de los dioses –dice Aurora- sabe, igualmente, que la conciencia -la que hizo palabra a palabra- no sobrevivirá al ser de alma y carne que la ha formado, que la ha cantado”: Dime tú todavía ¿No te apena dejarme? ¿Y por qué te has de ir de mí, conciencia? ¿No te gustó mi vida? Yo te busqué tu esencia? ¿Qué sustancia le pueden dar los dioses a tu esencia que la que tengo yo...¿Y te has de ir de mí tú, a integrarte en un dios, en otro dios que este que somos mientras tú estás en mí, como de dios? Parece que la oigo, a Aurora, más que a él, recitando estos versos o estas prosas, estas preguntas finales de un poema, de una vida que comenzó con una respuesta. Mucho nos quedó por hablar de esa conciencia y de ese dios con minúsculas, porque como dice JRJ y subraya nuestra maestra: “nada es en realidad sin el destino de la conciencia que realiza.” O como escribe Aurora en este libro sobre el poeta .y que es aplicable perfectamente a ella: “El que ha creado, ha trabajado en la búsqueda de un dios.”

Madrid, 15 de Febrero de 2008
Círculo de Belllas Artes
Presentación del libro :
El Juan Ramón de Aurora de Albornoz
Edición de Fanny Rubio