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lunes, 27 de octubre de 2008

ES DE JUSTICIA

El Oratorio de San Felipe es un buen marco para acoger cualquier foro relacionado con la justicia universal y los derechos humanos. El lugar donde se firmó la primera constitución española debe ser escenario permanente de debate , pues además de ilustrar las palabras que allí dentro se crucen, el vivo eco de sus acentos recordará a sus ciudadanos quiénes somos y adónde nos encaminamos. En estos días se celebra en su recinto un encuentro de coordinadores provinciales de los secretarios judiciales de toda España, cuerpo del que el ciudadano medio no tiene mucha idea de cuáles son sus ocupaciones y menesteres, pero sin cuya existencia no sería posible la plena aplicación de la justicia.

Salvando las distancias, podríamos comparar la actividad de un secretario judicial con la del médico de cabecera, mientras que la del juez sería equiparable a la del especialista. Este último diagnostica la enfermedad, incluso prepara su intervención quirúrgica, pero el primero se ocupa del seguimiento cotidiano del paciente. En el juzgado, el juez dicta sentencia y el secretario judicial inicia y determina el procedimiento para que esta sea cumplida a su debido tiempo. En la realidad, las cosas no son tan sencillas, pues de la misma manera que en la sanidad pública existen listas de espera, en la justicia hay exceso de trabajo para un personal, no tan escaso como obsoleto e indisciplinado. Los atascos, burocracia y acumulación de expedientes no se deben solo a la falta de medios, sino a la actitud pasiva y desdeñosa de muchos de sus funcionarios. Solo basta con asomarse a algún juzgado para observar cómo la mayoría de sus empleados no cumplen el horario, se retrasan en sus diligencias, abusan de las bajas médicas y no llevan a cabo sus obligaciones de manera ordenada. El secretario judicial es el responsable del funcionamiento de la oficina, pero no puede convertirse en un mero jefe de personal. Es un dilema que, tanto gobierno como judicatura, deben plantearse juntos, cada cual dentro de sus competencias. Por eso no se entiende muy bien la movilización de secretarios en solidaridad con una compañera privada de empleo y sueldo por el Ministerio de Justicia al no haber dado curso oportuno a la sentencia de su juez, en la que se condenaba a prisión al pederasta que supuestamente asesinó a la niña Mari Luz. Tal vez pudiésemos justificar el plante como agravio comparativo con la simbólica multa interpuesta al juez titular. Pero aún es menos entendible que los jueces aprovechasen este momento para reivindicar la modernización de sus juzgados. Tiende todo a un arrogante gesto corporativo de un colectivo que se cree por encima del resto de la sociedad, despreciando sus críticas bajo sospechas de desacato.

Es verdad que a un secretario se le acumula el trabajo sobre la mesa, pero también es cierto que cuando a ese funcionario es consciente de lo que significa el cumplimiento de una orden de encarcelamiento o libertad, saca el tiempo de debajo de las piedras. Conozco a un secretario que, antes de disfrutar las vacaciones, se ocupa de dar salida a todos los expedientes urgentes, no vaya a ser que alguien, con el verano de por medio, tenga que pasarse tres meses más entre las rejas. O, al contrario, dejar a un asesino suelto por la playa. Nadie le obliga a hacer horas extras gratuitas, sólo su ética profesional y un verdadero sentimiento solidario que va más allá de la pancarta y la manifestación. Ojalá que la cúpula del Oratorio arroje luz histórica a los allí reunidos.

miércoles, 8 de octubre de 2008

JOAN MARGARIT Y EL ALBA

Es buena noticia que el Premio Nacional de Poesía lo haya ganado Joan Margarit. Primero, porque es un gran poeta, y en segundo lugar porque el libro galardonado, Casa de Misericòrdia, está escrito en catalán, y es justo que el jurado otorgue su voto a la mejor obra del año publicada en cualquier lengua del Estado. Hace algunos años, los Premios Nacionales se dividían en varios apartados, uno por cada idioma, creando así unas alteraciones estadísticas que sonaban más a diplomas o menciones honoríficas que a un verdadero reconocimiento de todos. También el finalista de este año fue el vasco Jon Gerediaga, por su libro Jainkoa harrapatzeko tranpa, que ya fue laureado con el Premio de la Crítica. Parece, pues, que nuestro país se va normalizando en la convivencia de varias expresiones y lenguas, que en vez de producir rupturas y enfrentamientos, construye una cultura múltiple, compartida por todos los españoles.

Casa de Misericórdia está traducida al castellano por el propio autor, ya que se trata de un escritor perfectamente bilingüe, que empezó escribiendo en los dos idiomas, aunque no todos los escritores son capaces de verter sus versos en otra lengua que no sea la original, por mucho que la hablen y conozcan. Se trata de un conjunto de poemas escalofriantes, desoladores, compuestos con la compasión y la memoria de quien ha vivido los años baldíos de la posguerra franquista, y pudo comprobar el dolor, el hambre y la miseria de mujeres y niños huérfanos pidiendo un trozo de pan, una manta para soportar el frío o un poco de cobijo en una de esas casas que se dedicaban a la caridad y misericordia. Tiene Joan Margarit una virtud, consistente en transformar el sufrimiento humano en algo bello, sin edulcorar la crudeza de la realidad. Sabe mostrarnos el mundo como un espejo de nosotros mismos y, al tiempo, devolvernos un poco de esperanza, porque nos recuerda que la naturaleza humana tiene la capacidad de sobreponerse a la derrota y el escarnio. En el poema “El buscador de orquídeas”, el poeta-arquitecto nos habla de cómo en su adolescencia, aburrido de los libros de arquitectura, lee Mein Kampf, de Hitler, para comenzar por lo más sucio de la literatura y sumergirse en la vulgaridad de las palabras. Sin embargo: “Fui allí donde encontré la poesía,/ difícil y sin falsas esperanzas./ He hecho siempre como el jabalí,/ que busca y, delicado, come el bulbo,/ también llamado el orquis, de la orquídea.”. Lo mismo ocurre con su libro Joana, que toma el título del nombre de su hija, y donde evoca los momentos últimos de su joven vida tras una larga enfermedad. De las más sobrecogedoras y penetrantes entregas de los últimos años, el autor saca a la luz de su triste experiencia, el amor, la complicidad de ambos, la sonrisa, la comprensión y la memoria: una memoria que desea mantener siempre y que jamás se enturbie, porque somos aquello que hemos sabido amar, aunque sea en el dolor. A ese libro pertenece “El alba en Cádiz”, poema que escribió en una de sus visitas a la ciudad para leer y hablar de su obra, y que publicó por vez primera en castellano en RevistAtlántica de poesía: “Delante del hotel el mar brumoso./ Las largas líneas de la espuma gris/ dibujan una barra de arrecife/ ante la balaustrada de la playa./ He oído tu nombre pronunciado/ en la lengua del mar. Y dice que te vas..."

miércoles, 24 de septiembre de 2008

PATERA EN OTOÑO

Hacía una noche de perros. El otoño recién llegado parecía querer cebarse con nosotros. Una panda de amigos habíamos acordado reunirnos en Puerto Real para despedir el verano. Era lunes y con esa lluvia todo estaba cerrado. Decidimos acercarnos a Cádiz a regañadientes, protestando por la humedad y los desajustes del tiempo. Protegido de la intemperie en un cómodo coche, nos sentimos un poco desgraciados ante el insistente aguacero que, para colmo, nos dificultaba la visibilidad. Al final encontramos un lugar resguardado donde comimos y bebimos. Hablamos de todo y de este cambio climático que nos azota, trayendo agua cuando debe hacer sol y viceversa, y fastidiándonos los planes.

Al día siguiente, me fui a dar un largo paseo por la playa. Me extrañó el trasiego de coches, rancheras y remolques rodando por la arena a toda velocidad. Al llegar a Cortadura divisé una embarcación encallada más allá de El Chato. Parecía una acuarela de Turner entre los nubarrones y las olas rebeldes, y la estampa era bella. Conforme me acercaba, se apoderó de mí un estremecimiento, y un mal augurio me llevó a pensar en lo peor. Los encargados de la limpieza de la playa se esforzaban quizás por borrar los vestigios que a los pocos bañistas que allí estábamos pudieran hacernos la mañana desagradable. El barco, de unos siete metros de eslora, tenía la quilla rota de arriba abajo. Parecía que la cólera de la naturaleza se hubiera ensañado con todos los navegantes, como suele ocurrir con los más pobres. Me asomé a su interior y, por un momento, le puse caras a la realidad. Chanclas, zapatos de mujer, camisetas de niño, chubasqueros rotos, quizás los restos de un naufragio o de una mala noche de verdad. Me dijeron que en esa madrugada habían detenido a dos inmigrantes avispados que habían logrado adentrarse en tierra. Cuando escribo estas líneas aún no sé si ha habido desgracias personales. ¡Qué eufemismo! Llamar desgracia personal a la muerte y no a toda una vida que trata de escapar de la miseria que persigue a gran parte de la humanidad en su propio territorio, hasta el punto de hacerle echar a suerte el tiempo que les queda.

No he podido quitarme de la cabeza la imagen de la ropa y los objetos desordenadamente esparcido por el casco de la patera. A cada zapato le veo su pie y a de cada prenda sucia surge una cabeza llena de esperanza. O quizás sus miradas permanezcan ya para siempre en el fondo del mar.
Hay que ver qué nochecita, nos decíamos los amigos el día anterior, creyéndonos los más infelices del mundo, porque un chaparrón inoportuno nos estropeó en parte la velada. Mientras, un grupo de hombres y mujeres desesperados intentaban sonreírle al temporal y alcanzar nuestra orilla. ¡En una noche como ésta, donde en septiembre llueve sin avisar y algunos restaurantes cierran los lunes de mal tiempo! ¿Qué querrán?

sábado, 16 de agosto de 2008

VIOLENCIA Y LENGUAJE

Los gobiernos del mundo civilizado parecen estar preocupados por la educación de sus jóvenes estudiantes. Cada vez son más frecuentes los índices de conocimiento y expresión del alumnado a cargo de organismos internacionales que sitúan a los diferentes países en un determinado nivel de la olimpiada cultural. Los españoles no estamos demasiados sobrados en el medallero. Más bien diríamos que rozando el fanguillo si hablamos de materias especulativas o excesivamente racionales, como en el caso de la filosofía, las matemáticas o la lengua. Pero lo más alarmante es el comportamiento que se deriva del uso de esta última. El lenguaje y su utilización determinan una manera de ser y de estar en el mundo y, por supuesto, un modo de relacionarse con los demás. Es corriente oír conversaciones a nuestro alrededor donde no se respetan las más elementales reglas sintácticas y morfológicas. Las frases se abandonan a la mitad, las concordancias no funcionan, la estructura básica de sujeto, verbo y predicado casi no existe, y todo el sentido de la oración se deja al azar de los puntos suspensivos. Pero lo más peligroso, no es que el lenguaje se empobrezca y pierda su capacidad de comunicar ideas, sentimientos y emociones con más o menos exactitud -que no es poco-, sino que los elementos que nos queden de él se oxiden y apelmacen, entren en una dinámica soez y acaben generando una dosis de violencia que abarque nuestra conducta y gestualidad.

Dan pavor las imágenes que hemos visto recientemente por televisión de la brutal paliza propinada por un grupo de muchachas a una ecuatoriana en el pueblo de Galapagar, pero también dan miedo las palabras que se escuchan detrás de los golpes. O, mejor dicho, las palabras que jalean la azotaina. Desde “písala la cabeza” hasta “mátala”, la banda sonora de este vídeo duele casi más que las patadas y los puñetazos que recibe la víctima, porque mientras estas crueles acciones permanecen presuntamente alejadas de la mayoría de los espectadores, las expresiones verbales utilizadas forman parte, cada día más, de nuestro entorno cotidiano. La irascibilidad lingüística está instalada en nuestra vida y no hacer uso de ella parece que nos convierte en piadosas ursulinas o en contempladores monjes budistas. El cine y las series televisivas otorgan cada vez mayor heroicidad al personaje más grosero de la película. Quien más liga y quien más gana es el más vil. No es extraño, por tanto, sorprendernos a nosotros mismos elaborando un pensamiento ordinario a partir de un lenguaje chabacano y, por ende, inexacto.

“Ciertas formas de comunicación nos alienan de nuestro estado natural de compasión o solidaridad”, escribe Marshall B. Rosenberg en su libro Comunicación no violenta, en cuyas páginas sostiene que velar por nuestro lenguaje es una forma de mantener nuestra integridad como persona ante nosotros mismos y ante los otros. Por supuesto que un académico de la lengua puede ser un asesino, pero es más común que nuestras agresiones diarias sean consecuencia, en gran parte, de una violencia verbal incontenida e inconsciente. Se comienza por el insulto y el vituperio y se termina maltratando al conyuge, torturando a una ecuatoriana o asesinado a una colegiala de San Fernando.

miércoles, 30 de julio de 2008

VIVIENDA

Lo niegue quien lo niegue o así lo prohíban mil leyes, todos los ayuntamientos del mundo tienen como primer deber moral de velar por el bienestar de sus vecinos, sobre todo, de los más necesitados. Considerando que tal conveniencia comienza por que nadie pase las noches a la intemperie, la obligación de cualquier regidor es buscarle un techo, por humilde que sea, a las familias que no pueden pagar un mínimo alquiler. Hablamos de deberes éticos y morales, que no de mera competencia administrativa, ya que si no, habría que medir con la misma vara cada ejercicio de poder que los cabildos se otorgan por su cuenta, en perjuicio de la ley estatutaria o constitucional.
La alcaldesa de Cádiz se queja públicamente de tener que asumir un gasto de más de quinientos millones de euros para cubrir el alquiler de aquellos moradores que no pueden hacerlo por su cuenta. Aduce que no es ella, ni la institución que representa, quien tiene que hacerse cargo de semejante problema. Como siempre, implora a la ciudadanía de que sea consciente del esfuerzo que este gesto y cantidad significan para el equipo y las arcas municipales, cuando no tienen por qué hacerlo, y arremete con quienes de verdad son los responsables de tal injusticia, según ella: los gobiernos regionales y centrales. Menos mal que todo aquél que repase las cuentas autonómicas en referencia al gasto social lo puede tener claro meridianamente. De todo el presupuesto que la Junta se gasta en adecuaciones de vivienda y en su habilitación en toda la comunidad andaluza, la mitad va a parar a Cádiz. No es verdad, entonces, que el ayuntamiento tenga que soportar unos gastos que legítimamente corresponden a la Junta. Será, por el contrario, que la administración local se ve obligada a contribuir con parte de su patrimonio –que, por cierto, proviene de los impuestos de cada hijo de vecino- a aliviar este caro y primordial derecho a disfrutar de una digna casa. Posiblemente no haya que escatimar esfuerzos y arrimar todos el hombro para solucionar este problema. ¿O es que las labores de los ayuntamientos se limitan a organizar fiestas, recoger la basura o a recomponer la circulación vial? Si así fuera, habría que reprenderle a la regidora gaditana el exceso de sus funciones cuando soterra trenes, reclama el protagonismo del segundo puente sobre la bahía o se convierte en promotora económica e ideóloga de su propia televisión. Ella sabe, como lo sabemos todos los que tratamos de interpretar el marco de la legalidad, que su aportación municipal es sólo una ayuda a la aplicación del Plan Andaluz de la Vivienda, y con este gesto no hace más que contribuir a la justicia distributiva. Lo que ocurre es que ni la Junta sabe publicitar bien sus proyectos y labores en Cádiz, ni la alcaldesa está dispuesta a decir toda la verdad.
Es un recurso muy fácil recurrir al viejo truco de la marginación de la ciudad con respecto de otras localidades andaluzas, para así ahondar en un absurdo victimismo, del que ella, como una heroína, está dispuesta a salvarnos. Primero prende fuego y después hace de bombero. Bueno, no sólo ella, sino el Concejal de Vivienda, que está en Cancún mientras todo esto ocurre, buscando quizás más agua para apagar el fuego, pues se ve que aquí ya no hay bastante.

QUIÉN LA DESENCASTILLARÁ

Es una buena noticia para todos los gaditanos poder contar con un recinto dedicado a la cultura, como es el Castillo de San Sebastián: un marco atractivo si se solucionan sus más que deficientes instalaciones de acceso y habitabilidad. Justo es aprovechar ese espacio para organizar espectáculos o conciertos veraniegos, pero no es de recibo aglomerar a un público que ha pagado por su localidad –y no precisamente una bicoca- en incómodos y estrechos asientos casi improvisados, atados por cuerdas para evitar, encima, su movilidad para expandir las posaderas a gusto, sin invadir la silla del vecino de al lado. Tampoco es aceptable rellenar de arena de la playa todo el suelo del local para sufrimiento y desgaste de pies y calzados. Ni hacer que el personal se pegue una larga caminata hasta llegar al lugar de los hechos, pese a haberse anunciado un sugerente transporte. A la salida, pudo contemplarse como cuatro mil personas se apretujaban por la estrechísima lengua de La Caleta, a pasitos de geisha, bajo el peligro de ser empujado a la mar por el propio gentío. Menos mal que la noche acompañó. ¿Se imaginan al levante enfurecido, haciendo saltar las olas bravías por ambos lados del paseo en pleno invierno? Esperemos que estos problemas sean solventados en un futuro próximo. Pero lo peor de todo es que son consecuencias de un improvisado, por no decir inexistente, proyecto cultural para la ciudad. La cultura de Cádiz está “encastillada”.
Un plan organizado de cultura consiste en estudiar las necesidades de los ciudadanos para aumentar así su nivel de conocimiento y creatividad. De poco vale montar espectáculos aislados si se descuida el objetivo de su propuesta. Podría venir a Cádiz la Filarmónica de Viena o los Rolling Stone, pero eso no significaría ningún salto cualitativo en nuestra afición musical si no fuera acompañado de una continuidad coherente, donde el espectador no fuera un mero sujeto pasivo, sino parte implicada en un proyecto abierto y colectivo. Lo mismo ocurre con el teatro, la pintura o cualquier otro tipo de manifestación artística o cultural. Los encargados de áreas, delegaciones y centros de cultura –y en este caso el Ayuntamiento es el máximo órgano responsable- tienen el deber de contar con la iniciativa de otros colectivos, y no sólo a manera de consulta, sino impulsando su funcionamiento autónomo. Ocurre, en la mayoría de las ocasiones, lo contrario: que la administración ve invadida sus competencias por un grupo de ciudadanos independientes que, a la larga, podría hacerle sombra y, si encima son críticos, poner en tela de juicio su labor.
La gestión cultural es hoy día una profesión que requiere experiencia, contactos, capacidad de producción, sensibilidad y, sobre todo, visión global del contexto para el que se trabaja en espacio y tiempo. Es, por tanto, exigible una programación acertada que cubra los requisitos de la vecindad a largo plazo, fruto de un seguimiento atento y cotidiano de esas expectativas, más que un popurrí de actos dispersos y veraniegos, por mucho relumbrón que estos aporten. Transformar un castillo militar y antigua cárcel en foro de la cultura es una buena noticia, pero como siempre, hay que llenarlo de ideas e infraestructuras adecuadas. Ojalá que, de aquí a 2012, “desencastillemos” la cultura.

miércoles, 11 de junio de 2008

LOS NIÑOS INTERIORES

Hoy suena una música distinta entre las fuentes y los árboles del madrileño parque del Retiro, y hasta se podría divisar el mar de Cádiz escuchándola. Esa música la reproduce un ángel flautista pintado por Bernardino Luini, tan perfecto, que bien podría haber sido esbozado por Leonardo da Vinci. Los sonidos que surgen de su flauta están escritos todos en el libro donde figura como pórtico, que no es otro que Los niños interiores, el último y flamante poemario de Pilar Paz Pasamar, publicado por la editorial Calambur, que esta mañana se presenta en el Hotel Palace y que recorrerá, como una novedad, la Feria del Libro de Madrid.

La obra poética de Pilar Paz está ya lo suficientemente consolidada como para esperar a estas alturas una nueva sorpresa que haga cambiar la opinión de sus lectores. Pero en la poesía todo es imprevisible, y basta un vaporoso gesto para que todo cambie o, al menos, nos invite a contemplar la vida desde otro ángulo distinto. Ni el ángel escogido para la portada, ni el título del libro son gratuitos, sino frutos maduros de una intención determinada que brota de la autora en plena cima de su obra. El ángel es símbolo de lo invisible, “de las fuerzas que ascienden y descienden desde el origen hasta la manifestación”, como lo define Cirlot. La flauta emite el cántico más puro y primitivo y, a su vez, se hace eco, en sus sonidos más graves, del dolor profundo. Es timbre femenino, en las antípodas de su forma. Los niños interiores son ángeles que crean la música del corazón, la que todavía no se ha rozado con el mundo y, sin embargo, contiene en su discurso todo el porvenir sin saberlo, toda la experiencia sin aún haberla vivido, todo el silencio que conlleva la sabiduría. La tradición sufí dice que un ángel aparece cada vez que nace un niño, y le sella los labios con el dedo para que guarde el secreto de lo que ya sabe y ha visto antes de venir al mundo. Por eso dicen que los hombres tenemos una oquedad justo encima del labio superior. Pilar Paz no intenta revelar ese secreto en este nuevo libro, porque es imposible e incontable, por sí jugar con sus luces y sombras, con el susurro de ese recuerdo guardado, no en la memoria, sino en el fondo de la conciencia.
Una de las grandes características de nuestra poeta ha sido la de unir cotidianidad, naturaleza y espíritu en una voz sencilla y cincelada, clara y atlántica, como su paisaje marítimo. Este libro es producto de todo un largo proceso iniciado en 1953 con su libro Mara y que no ha cesado de afirmarse durante más de medio siglo. Los niños interiores lo ratifica e incluso nos ofrece claves más luminosas para la visión global de toda su obra, porque nos permite contemplarla desde la inocencia y la pureza de las primeras palabras que llevamos dentro. No se trata, sin embargo, de un libro de nostalgias ni de recuerdos infantiles. Los niños no han crecido porque siguen siendo seres transparentes que habitan dentro de nuestro ser y ahora hablan. Son los mismos niños, los mismos ángeles que tocan esa música universal, pero inaudible la mayoría de las veces, y que nos armoniza a todos, pese a las disonancias de la vida. Ahí está su sorpresa.