Lo niegue quien lo niegue o así lo prohíban mil leyes, todos los ayuntamientos del mundo tienen como primer deber moral de velar por el bienestar de sus vecinos, sobre todo, de los más necesitados. Considerando que tal conveniencia comienza por que nadie pase las noches a la intemperie, la obligación de cualquier regidor es buscarle un techo, por humilde que sea, a las familias que no pueden pagar un mínimo alquiler. Hablamos de deberes éticos y morales, que no de mera competencia administrativa, ya que si no, habría que medir con la misma vara cada ejercicio de poder que los cabildos se otorgan por su cuenta, en perjuicio de la ley estatutaria o constitucional.
La alcaldesa de Cádiz se queja públicamente de tener que asumir un gasto de más de quinientos millones de euros para cubrir el alquiler de aquellos moradores que no pueden hacerlo por su cuenta. Aduce que no es ella, ni la institución que representa, quien tiene que hacerse cargo de semejante problema. Como siempre, implora a la ciudadanía de que sea consciente del esfuerzo que este gesto y cantidad significan para el equipo y las arcas municipales, cuando no tienen por qué hacerlo, y arremete con quienes de verdad son los responsables de tal injusticia, según ella: los gobiernos regionales y centrales. Menos mal que todo aquél que repase las cuentas autonómicas en referencia al gasto social lo puede tener claro meridianamente. De todo el presupuesto que la Junta se gasta en adecuaciones de vivienda y en su habilitación en toda la comunidad andaluza, la mitad va a parar a Cádiz. No es verdad, entonces, que el ayuntamiento tenga que soportar unos gastos que legítimamente corresponden a la Junta. Será, por el contrario, que la administración local se ve obligada a contribuir con parte de su patrimonio –que, por cierto, proviene de los impuestos de cada hijo de vecino- a aliviar este caro y primordial derecho a disfrutar de una digna casa. Posiblemente no haya que escatimar esfuerzos y arrimar todos el hombro para solucionar este problema. ¿O es que las labores de los ayuntamientos se limitan a organizar fiestas, recoger la basura o a recomponer la circulación vial? Si así fuera, habría que reprenderle a la regidora gaditana el exceso de sus funciones cuando soterra trenes, reclama el protagonismo del segundo puente sobre la bahía o se convierte en promotora económica e ideóloga de su propia televisión. Ella sabe, como lo sabemos todos los que tratamos de interpretar el marco de la legalidad, que su aportación municipal es sólo una ayuda a la aplicación del Plan Andaluz de la Vivienda, y con este gesto no hace más que contribuir a la justicia distributiva. Lo que ocurre es que ni la Junta sabe publicitar bien sus proyectos y labores en Cádiz, ni la alcaldesa está dispuesta a decir toda la verdad.
Es un recurso muy fácil recurrir al viejo truco de la marginación de la ciudad con respecto de otras localidades andaluzas, para así ahondar en un absurdo victimismo, del que ella, como una heroína, está dispuesta a salvarnos. Primero prende fuego y después hace de bombero. Bueno, no sólo ella, sino el Concejal de Vivienda, que está en Cancún mientras todo esto ocurre, buscando quizás más agua para apagar el fuego, pues se ve que aquí ya no hay bastante.
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miércoles, 30 de julio de 2008
QUIÉN LA DESENCASTILLARÁ
Es una buena noticia para todos los gaditanos poder contar con un recinto dedicado a la cultura, como es el Castillo de San Sebastián: un marco atractivo si se solucionan sus más que deficientes instalaciones de acceso y habitabilidad. Justo es aprovechar ese espacio para organizar espectáculos o conciertos veraniegos, pero no es de recibo aglomerar a un público que ha pagado por su localidad –y no precisamente una bicoca- en incómodos y estrechos asientos casi improvisados, atados por cuerdas para evitar, encima, su movilidad para expandir las posaderas a gusto, sin invadir la silla del vecino de al lado. Tampoco es aceptable rellenar de arena de la playa todo el suelo del local para sufrimiento y desgaste de pies y calzados. Ni hacer que el personal se pegue una larga caminata hasta llegar al lugar de los hechos, pese a haberse anunciado un sugerente transporte. A la salida, pudo contemplarse como cuatro mil personas se apretujaban por la estrechísima lengua de La Caleta, a pasitos de geisha, bajo el peligro de ser empujado a la mar por el propio gentío. Menos mal que la noche acompañó. ¿Se imaginan al levante enfurecido, haciendo saltar las olas bravías por ambos lados del paseo en pleno invierno? Esperemos que estos problemas sean solventados en un futuro próximo. Pero lo peor de todo es que son consecuencias de un improvisado, por no decir inexistente, proyecto cultural para la ciudad. La cultura de Cádiz está “encastillada”.
Un plan organizado de cultura consiste en estudiar las necesidades de los ciudadanos para aumentar así su nivel de conocimiento y creatividad. De poco vale montar espectáculos aislados si se descuida el objetivo de su propuesta. Podría venir a Cádiz la Filarmónica de Viena o los Rolling Stone, pero eso no significaría ningún salto cualitativo en nuestra afición musical si no fuera acompañado de una continuidad coherente, donde el espectador no fuera un mero sujeto pasivo, sino parte implicada en un proyecto abierto y colectivo. Lo mismo ocurre con el teatro, la pintura o cualquier otro tipo de manifestación artística o cultural. Los encargados de áreas, delegaciones y centros de cultura –y en este caso el Ayuntamiento es el máximo órgano responsable- tienen el deber de contar con la iniciativa de otros colectivos, y no sólo a manera de consulta, sino impulsando su funcionamiento autónomo. Ocurre, en la mayoría de las ocasiones, lo contrario: que la administración ve invadida sus competencias por un grupo de ciudadanos independientes que, a la larga, podría hacerle sombra y, si encima son críticos, poner en tela de juicio su labor.
La gestión cultural es hoy día una profesión que requiere experiencia, contactos, capacidad de producción, sensibilidad y, sobre todo, visión global del contexto para el que se trabaja en espacio y tiempo. Es, por tanto, exigible una programación acertada que cubra los requisitos de la vecindad a largo plazo, fruto de un seguimiento atento y cotidiano de esas expectativas, más que un popurrí de actos dispersos y veraniegos, por mucho relumbrón que estos aporten. Transformar un castillo militar y antigua cárcel en foro de la cultura es una buena noticia, pero como siempre, hay que llenarlo de ideas e infraestructuras adecuadas. Ojalá que, de aquí a 2012, “desencastillemos” la cultura.
Un plan organizado de cultura consiste en estudiar las necesidades de los ciudadanos para aumentar así su nivel de conocimiento y creatividad. De poco vale montar espectáculos aislados si se descuida el objetivo de su propuesta. Podría venir a Cádiz la Filarmónica de Viena o los Rolling Stone, pero eso no significaría ningún salto cualitativo en nuestra afición musical si no fuera acompañado de una continuidad coherente, donde el espectador no fuera un mero sujeto pasivo, sino parte implicada en un proyecto abierto y colectivo. Lo mismo ocurre con el teatro, la pintura o cualquier otro tipo de manifestación artística o cultural. Los encargados de áreas, delegaciones y centros de cultura –y en este caso el Ayuntamiento es el máximo órgano responsable- tienen el deber de contar con la iniciativa de otros colectivos, y no sólo a manera de consulta, sino impulsando su funcionamiento autónomo. Ocurre, en la mayoría de las ocasiones, lo contrario: que la administración ve invadida sus competencias por un grupo de ciudadanos independientes que, a la larga, podría hacerle sombra y, si encima son críticos, poner en tela de juicio su labor.
La gestión cultural es hoy día una profesión que requiere experiencia, contactos, capacidad de producción, sensibilidad y, sobre todo, visión global del contexto para el que se trabaja en espacio y tiempo. Es, por tanto, exigible una programación acertada que cubra los requisitos de la vecindad a largo plazo, fruto de un seguimiento atento y cotidiano de esas expectativas, más que un popurrí de actos dispersos y veraniegos, por mucho relumbrón que estos aporten. Transformar un castillo militar y antigua cárcel en foro de la cultura es una buena noticia, pero como siempre, hay que llenarlo de ideas e infraestructuras adecuadas. Ojalá que, de aquí a 2012, “desencastillemos” la cultura.
miércoles, 11 de junio de 2008
LOS NIÑOS INTERIORES
Hoy suena una música distinta entre las fuentes y los árboles del madrileño parque del Retiro, y hasta se podría divisar el mar de Cádiz escuchándola. Esa música la reproduce un ángel flautista pintado por Bernardino Luini, tan perfecto, que bien podría haber sido esbozado por Leonardo da Vinci. Los sonidos que surgen de su flauta están escritos todos en el libro donde figura como pórtico, que no es otro que Los niños interiores, el último y flamante poemario de Pilar Paz Pasamar, publicado por la editorial Calambur, que esta mañana se presenta en el Hotel Palace y que recorrerá, como una novedad, la Feria del Libro de Madrid.
La obra poética de Pilar Paz está ya lo suficientemente consolidada como para esperar a estas alturas una nueva sorpresa que haga cambiar la opinión de sus lectores. Pero en la poesía todo es imprevisible, y basta un vaporoso gesto para que todo cambie o, al menos, nos invite a contemplar la vida desde otro ángulo distinto. Ni el ángel escogido para la portada, ni el título del libro son gratuitos, sino frutos maduros de una intención determinada que brota de la autora en plena cima de su obra. El ángel es símbolo de lo invisible, “de las fuerzas que ascienden y descienden desde el origen hasta la manifestación”, como lo define Cirlot. La flauta emite el cántico más puro y primitivo y, a su vez, se hace eco, en sus sonidos más graves, del dolor profundo. Es timbre femenino, en las antípodas de su forma. Los niños interiores son ángeles que crean la música del corazón, la que todavía no se ha rozado con el mundo y, sin embargo, contiene en su discurso todo el porvenir sin saberlo, toda la experiencia sin aún haberla vivido, todo el silencio que conlleva la sabiduría. La tradición sufí dice que un ángel aparece cada vez que nace un niño, y le sella los labios con el dedo para que guarde el secreto de lo que ya sabe y ha visto antes de venir al mundo. Por eso dicen que los hombres tenemos una oquedad justo encima del labio superior. Pilar Paz no intenta revelar ese secreto en este nuevo libro, porque es imposible e incontable, por sí jugar con sus luces y sombras, con el susurro de ese recuerdo guardado, no en la memoria, sino en el fondo de la conciencia.
Una de las grandes características de nuestra poeta ha sido la de unir cotidianidad, naturaleza y espíritu en una voz sencilla y cincelada, clara y atlántica, como su paisaje marítimo. Este libro es producto de todo un largo proceso iniciado en 1953 con su libro Mara y que no ha cesado de afirmarse durante más de medio siglo. Los niños interiores lo ratifica e incluso nos ofrece claves más luminosas para la visión global de toda su obra, porque nos permite contemplarla desde la inocencia y la pureza de las primeras palabras que llevamos dentro. No se trata, sin embargo, de un libro de nostalgias ni de recuerdos infantiles. Los niños no han crecido porque siguen siendo seres transparentes que habitan dentro de nuestro ser y ahora hablan. Son los mismos niños, los mismos ángeles que tocan esa música universal, pero inaudible la mayoría de las veces, y que nos armoniza a todos, pese a las disonancias de la vida. Ahí está su sorpresa.
miércoles, 21 de mayo de 2008
CORPUS
El Corpus gaditano, como en toda Andalucía, ha gozado siempre de una beatífica diversión. Los andaluces nos hemos arrimado a la Iglesia con una cierta dosis de folclor y alegría, lo que ha hecho más llevadero la penitencia y la culpabilidad. Cuando se aproximaban las fiestas del Corpus, nuestra madres nos compraban ropa de verano para estrenarla en ese día. En la víspera, ya se habían entrenado los capillitas con el traslado de la Patrona desde su templo a la Catedral y ya se preludiaba la bulla. Por la mañana había toque de diana en la ciudad y las calles amanecían cubiertas de romero, destilando un aroma especial desde el que se podría reconstruir el laberinto de la memoria. Los niños nos apresurábamos a ver la procesión, bastante aburrida por cierto, pues allí no había túnicas ni capirotes, aunque sí lucía la púrpura del cabildo, los bonetes de los canónigos, la mitra y el báculo del obispo, las dalmáticas de los monaguillos y el olor a incienso que, mezclado con el del romero, ofrecía una fragancia fronteriza entre lo místico y lo sensual. Manuel de Falla supo sacar provecho musical para su “Retablo” de cuanto quedaba en su recuerdo del Corpus de su ciudad natal y lo que oyó y vivió en el de Sevilla, acompañado por García Lorca.
En la comitiva figuraban todas las autoridades locales, hermanos mayores de cofradías, académicos, cronistas, poetas oficiales y demás prohombres de la ciudad: todos con caras de circunstancias y mirando de reojo a la congregada vecindad, pues siempre había un cachondo que hacía algún jocoso comentario al paso de alguno, despertando un ligero mosqueo en el susodicho. Me acuerdo de un año que a Don Benito Cuesta, marino, jurista, versificador y buen romántico –que, por cierto, insistió siempre en que su palacio en litigio de la calle Sagasta se convirtiera en un museo, en vez de en una casa de apartamentos, como acaba de suceder- le robaron en su domicilio mientras sujetaba el cirio en la procesión. Era católico hasta la médula, pero ese día se le resquebrajó un poquito la fe en la Virgen del Rosario. Luego venía el alcalde y la corporación bajo maza, flanqueada por los mismos pelucones que ahora, pero un poco más nuevos. Y un personaje clave, que sin él no había Corpus que valiera: Machuca y sus largos mostachos - padre o hijo-, mandamás de los municipales. Después de la procesión, un desfile de todos los regimientos, ponían ritmo marcial a la exaltación religiosa. Las marchas militares eran sincopadas por los célebres globos de Corpus, que chirriaban al apretarse. y los golpes en el suelo de unos bastones de colores que terminaban en cachiporra , con los que los vendedores ambulantes engatusaban a los niños. Y por la tarde, los toros. Jaime Ostos o Mondeño lidiando en la única plaza del mundo construida en la orilla del mar, la infantil charlotada y dos o tres corridas, hasta esperar el Corpus Chiquito del próximo domingo.
Ya no hay plaza de toros, ni pitos, ni bastones, ni ese niño que se arrodillaba al paso del Santísimo con reverencia y ganas de divertirse a la vez. Sólo perduran esas momias de entonces que, en las figuras de nuestros regidores, siguen, varilla en mano, desfilando como si aquí no hubiera pasado nada entre la Iglesia y el Estado.
En la comitiva figuraban todas las autoridades locales, hermanos mayores de cofradías, académicos, cronistas, poetas oficiales y demás prohombres de la ciudad: todos con caras de circunstancias y mirando de reojo a la congregada vecindad, pues siempre había un cachondo que hacía algún jocoso comentario al paso de alguno, despertando un ligero mosqueo en el susodicho. Me acuerdo de un año que a Don Benito Cuesta, marino, jurista, versificador y buen romántico –que, por cierto, insistió siempre en que su palacio en litigio de la calle Sagasta se convirtiera en un museo, en vez de en una casa de apartamentos, como acaba de suceder- le robaron en su domicilio mientras sujetaba el cirio en la procesión. Era católico hasta la médula, pero ese día se le resquebrajó un poquito la fe en la Virgen del Rosario. Luego venía el alcalde y la corporación bajo maza, flanqueada por los mismos pelucones que ahora, pero un poco más nuevos. Y un personaje clave, que sin él no había Corpus que valiera: Machuca y sus largos mostachos - padre o hijo-, mandamás de los municipales. Después de la procesión, un desfile de todos los regimientos, ponían ritmo marcial a la exaltación religiosa. Las marchas militares eran sincopadas por los célebres globos de Corpus, que chirriaban al apretarse. y los golpes en el suelo de unos bastones de colores que terminaban en cachiporra , con los que los vendedores ambulantes engatusaban a los niños. Y por la tarde, los toros. Jaime Ostos o Mondeño lidiando en la única plaza del mundo construida en la orilla del mar, la infantil charlotada y dos o tres corridas, hasta esperar el Corpus Chiquito del próximo domingo.
Ya no hay plaza de toros, ni pitos, ni bastones, ni ese niño que se arrodillaba al paso del Santísimo con reverencia y ganas de divertirse a la vez. Sólo perduran esas momias de entonces que, en las figuras de nuestros regidores, siguen, varilla en mano, desfilando como si aquí no hubiera pasado nada entre la Iglesia y el Estado.
viernes, 9 de mayo de 2008
LA BANDERA Y EL PÁJARO
Todos los nacionalismos se caracterizan por escarbar en los sentimientos pasionales de sus ciudadanos, extrayendo de ellos todo lo que les identifique con el vecino más próximo y, al mismo tiempo, lo que les diferencie de los más lejanos. A esto se le denomina en términos correctamente políticos concepto identitario o hecho diferencial, pero en el lenguaje de la razón siempre se le ha llamado paletería, reduccionismo o estrechez de miras. Los nacionalismos casi siempre han sido de derechas o, para ser más exactos, de índole conservadora, ya que la izquierda lo ha utilizado como reclamo en sus momentos más inmovilistas y antidemocráticos. Si lengua, religión e ideología han conformado la vértebra interna del pensamiento nacionalista, la bandera ha sido su símbolo más externo y visible. Desde tiempos remotos, una tela ondeando en un mástil, con dibujos o colores distintivos de una grupo o pueblo determinado, ha servido de enseña por la que se ha discutido, peleado o hasta dado la vida. La bandera ha superado su medio simbólico para convertirse en un fin, y eso me parece perverso, como ocurrió con la parábola del becerro de oro.
En los países de tradición democrática, la bandera no pasa de ser un distintivo, que se exhibe en los organismos oficiales, en los congresos internacionales y en los desfiles militares. No tengo noticias de ningún noruego o sueco que haya perdido un minuto de su vida por discutir el tamaño o el color de sus insignias. Sin embargo, en países y comunidades necesitados de fobia patria para sobrevivir como tales, se recurre a la bandera como fuerza y honor colectivos. Ocurre en Estados Unidos, cada vez que el gobierno de turno necesita el apoyo de sus ciudadanos para emprender una invasión, o en los estados dictatoriales y corruptos, cuando requieren del fervor de su gente para justificar su despotismo frente a la agresión de un presunto enemigo.
En España sabemos mucho de banderas, e incluso se ha derramado bastante sangre por defender a unas y a otras. Cada Comunidad Autónoma tiene su enseña y el Estado, a su vez, la suya, pero hay veces que en su nombre se cae en el nacionalismo más exagerado de todos. Creo que no es de recibo criticar a los catalanes o a los vascos por sus empeños nacionalistas y agarrarse al españolismo como dogma histórico, por encima de todas las creencias subjetivas. Ha costado mucho, y sigue costando, que las distintas banderas del Estado compartan lugar y gente. No viene a cuento entonces los espectáculos banderiles montados por los ayuntamientos de Madrid o Cádiz, en los que se quiere demostrar ser más patrióticos que nadie.
La flamante y monumental bandera levantada en nuestra ciudad tiene problemas con el viento, porque en Cádiz no corre al gusto de sus dirigentes locales. La ciudad de la libertad, de la que tanto se alardea cuando conviene, se merece un símbolo más universal y unitario. Incluso el paño azul de Europa con su circunferencia estrellada se quedaría corto. El Cádiz del futuro debe ofrecer una bandera que represente a toda la humanidad, como el mar que lo rodea, paradoja de esperanza y fatalidad para tantos seres humanos que se aventuran a su corriente para encontrar una vida mejor. Menos mal que esa bandera desproporcionada está compensada a pocos metros por un pájaro arriesgado y valiente, como el talento de su escultor –Luis Quintero- que nos recuerda la dualidad humana entre el vuelo y la jaula.
En los países de tradición democrática, la bandera no pasa de ser un distintivo, que se exhibe en los organismos oficiales, en los congresos internacionales y en los desfiles militares. No tengo noticias de ningún noruego o sueco que haya perdido un minuto de su vida por discutir el tamaño o el color de sus insignias. Sin embargo, en países y comunidades necesitados de fobia patria para sobrevivir como tales, se recurre a la bandera como fuerza y honor colectivos. Ocurre en Estados Unidos, cada vez que el gobierno de turno necesita el apoyo de sus ciudadanos para emprender una invasión, o en los estados dictatoriales y corruptos, cuando requieren del fervor de su gente para justificar su despotismo frente a la agresión de un presunto enemigo.
En España sabemos mucho de banderas, e incluso se ha derramado bastante sangre por defender a unas y a otras. Cada Comunidad Autónoma tiene su enseña y el Estado, a su vez, la suya, pero hay veces que en su nombre se cae en el nacionalismo más exagerado de todos. Creo que no es de recibo criticar a los catalanes o a los vascos por sus empeños nacionalistas y agarrarse al españolismo como dogma histórico, por encima de todas las creencias subjetivas. Ha costado mucho, y sigue costando, que las distintas banderas del Estado compartan lugar y gente. No viene a cuento entonces los espectáculos banderiles montados por los ayuntamientos de Madrid o Cádiz, en los que se quiere demostrar ser más patrióticos que nadie.
La flamante y monumental bandera levantada en nuestra ciudad tiene problemas con el viento, porque en Cádiz no corre al gusto de sus dirigentes locales. La ciudad de la libertad, de la que tanto se alardea cuando conviene, se merece un símbolo más universal y unitario. Incluso el paño azul de Europa con su circunferencia estrellada se quedaría corto. El Cádiz del futuro debe ofrecer una bandera que represente a toda la humanidad, como el mar que lo rodea, paradoja de esperanza y fatalidad para tantos seres humanos que se aventuran a su corriente para encontrar una vida mejor. Menos mal que esa bandera desproporcionada está compensada a pocos metros por un pájaro arriesgado y valiente, como el talento de su escultor –Luis Quintero- que nos recuerda la dualidad humana entre el vuelo y la jaula.
jueves, 24 de abril de 2008
SOCIEDAD LIMITADA
El mundo de la política se parece cada día más al de las finanzas. Será por aquello que predijo Marx hace casi medio siglo, que sin economía no había ideas que llevar a la práctica, por mucha buena fe que se tuviera. Berlusconi hablaba el otro día de consejo de administración para referirse a su futuro consejo de ministros, y es que para qué tanto disimular: el gobierno de una nación en el mundo neocapitalista funciona para algunos como una empresa más privada que pública lamentablemente. Se confunden los intereses, los papeles y hasta el motivo fundacional.
Es ya costumbre general en el mundo, llamémosle civilizado, anunciar los programas de los gobiernos, los proyectos y los resultados a través de los medios de comunicación, como si se tratara de vender lavadoras, televisores o viajes al Caribe. Es más, no contentos con la rentabilidad que le proporciona este sistema de publicidad, algunos compran directamente o fundan sus propios periódicos, cadenas de radio o televisión: una práctica que creíamos en desuso, propia de las dictaduras o de las incipientes y defectuosas democracias, como ocurrió aquí durante el franquismo y la transición con Radiotelevisión Española y los periódicos del Movimiento. Pero mientras la independencia y la objetividad se imponen en determinados medios públicos, en otros ocurre justamente lo contrario. Es fácil encontrar en muchos municipios españoles cadenas de radio y televisión controladas exclusivamente por el ayuntamiento de turno, que dedican la mayor parte del tiempo de su programación a resaltar las hazañas y a alabar las gestiones de sus alcaldes, en un descarado ejercicio de narcisismo pagado, eso sí, con el dinero de todos sus contribuyentes. Naturalmente que tengo en la cabeza a Onda Cádiz y al grotesco espectáculo que nos depara cada día a los espectadores. Me parecería muy bien que ese canal informara a sus vecinos de las actividades que ocurren en la ciudad, incluso de los logros alcanzados y las ideas futuras, pero es que todo, absolutamente todo, se ve en amarillo, y no por los colores del equipo local, sino por el rubio teñido de nuestra regidora, que no hay noticia donde no salga el pelucón. La verdad es que todo esto huele más a podrido que a rancio, que ya es decir. Ese envoltorio y tratamiento de la noticia, además de ser una antigualla con la que cualquier alumno de periodismo suspendería en una escuela actual, es, como mínimo, autopublicidad manipuladora. Cuesta, por ejemplo, ver un reportaje sobre tal o cual pintor gaditano, sin que inmediatamente aparezca la alcaldesa inaugurando su exposición.
Y si de cartelones y de vallas se trata, Cádiz se lleva la palma. Da un poco de rubor, como ciudadano, pasear a algún amigo forastero por la ciudad y encontrarse un anuncio cada poco como si estuviésemos en una feria de muestras. Que si impulsor del puente, que si el futuro parque del cementerio, que si el bicentenario de 1812, que si la cumbre iberoamericana. Todo “con el ayuntamiento de Cádiz”, eslogan exclusivista y pretendidamente inexacto. No sé si, en el balance final de esta sociedad, las ganancias superarán a las pérdidas, pero esto no se hace ni con la conciencia, la dignidad, ni con el dinero de los ciudadanos.
miércoles, 9 de abril de 2008
ORATORIA
Con motivo de la sesión de investidura del candidato a Presidente de Gobierno, la diputada de Coalición Canaria recordaba con nostalgia los históricos discursos de antaño que quedaron como ejemplos de la oratoria española, un género literario ya extinguido por el imperio de la prisa, la información, la falta de lectura, el poco rigor en el discurso y, en definitiva, el escaso conocimiento de la lengua. Tanto los diputados de las Cortes de Cádiz, como los de la Gloriosa, la Segunda República o los periodos parlamentarios que permitieron la dinastía monárquica se significaron por su acertado manejo del discurso y los resortes del lenguaje que, unas veces para bien y otra para mal, embelesaban los oídos de sus representados como si estuviesen escuchando una radionovela. Castelar, Ayala, Pi y Margall, Cánovas del Castillo Indalecio Prieto, Manuel Azaña, Pablo Iglesias y tantos otros han hecho del diario de sesiones de sus respectivas cortes una verdadera antología del buen decir y pronunciar, tirando de todo tipo de metáforas y haciendo gala de una exposición bien planteada que, seguramente, tenía como esperanza ocupar un buen lugar literario en nuestra historia política.
Aquellos oradores no leían y apenas llevaban un papelito con dos o tres notas escritas. Los discursos se ensayaban frente al espejo y se dejaba ejercitar la memoria, como un pozo sin fondo, de donde se podían extraer las mejores respuestas para el momento preciso. Casi todo había que llevarlo muy trillado, repartido equitativamente por el sistema neuronal, sin base de datos, asesores urgentes, mensajes instantáneos ni internet que valieran. Se hablaba de puertas para adentro, al tic-tac de los taquígrafos y ante los sudores de los reporteros de las prensa escrita, que se esforzaban por captar a lápiz el esplendor de los debates con máxima fidelidad. Hoy se habla para afuera, cosa que estaría muy bien si cada orador fuera consciente de que los asuntos parlamentarios hay que decidirlos con la mecánica del parlamento, por medio de la conversación, el diálogo y el acuerdo, haciendo poco caso a la superficie, es decir, yendo al fondo de los problemas y conflictos, por muy áridos que estos les resulten al ciudadano medio.
Un rostro con una cámara de televisión delante deja de comportarse de manera natural, y automáticamente comienza a fabricar la imagen de sí mismo que quiere ofrecer a los demás. La forma de su exposición sufre sensiblemente un cambio de nivel al hablar más para los teleespectadores que para sus colegas. En un momento todo se convierte en un programa de televisión, donde el arma más peligrosa y detestable es la demagogia, ese recurso que cuenta al pueblo lo que quiere oír o lo que conviene que escuche. El primero que sufre es el lenguaje, tanto en forma como en fondo. La pasada legislatura fue una muestra del peor uso de nuestro idioma y, por ende, de nuestra educación. Lugares comunes, tópicos, refranero equivocado, desmembrada sintaxis, insultos, retórica barata, y torpe vocabulario estuvieron presentes en nuestro parlamento, cuya acepción principal, no lo olvidemos, es la acción de parlamentar, es decir, de hablar correctamente. Que la mano tendida hacia el diálogo, por parte del candidato a presidente en este nuevo período sirva al menos para eso.
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